José Ronaldo no dejaba de pensar en ella, a menudo se preguntaba si en algún momento la inexplorada musa, responsable de su eretismo, accedería al devaneo y más con él.

Este arriesgado juego del cual ambos disfrutaban poco a poco los sumergía más en el deseo, pasión que se intensificaba con cada conversación, situación que rosaba los límites del autocontrol.

Lizeth sabía perfectamente la situación de Ronaldo, mas no era la primera vez en la que se veía involucrada con un hombre casado, José no sabía de esto, ladina como ninguna, lo tenía en sus manos.

Un 11 de julio Ronaldo despertó enérgico y se propuso al fin cruzar la delgada línea que junto con Lizeth habían trazado en su camorrista juego. Cogió el teléfono y envió un mensaje de voz a la mujer de exótica belleza, quien cumplía años ese día. El mensaje llegó a su destino y luego de un par de palabras finalmente decidieron verse.

José había planificado una velada espectacular, reservó una habitación en un buen hotel con vista al mar, apartó también una mesa en un restaurante de comida peruana y contrató movilidad privada para ese día, quería evitar contratiempos a toda costa, estaba deseoso de por fin desflorar aquella hortensia, rústica y bella.

Lizeth estaba feliz, pero nerviosa. En su trágica vida no había recibido tantas atenciones por parte de un varón. En la comunidad donde creció solo abundaban memos y pelmazos de mal aspecto con escaso intelecto. Las únicas muestras de afecto las recibió de su mejor amiga, una macilenta señorita que hacía el papel de lacayo y vecina, quien ocultaba sus verdaderos sentimientos hacia la niña Lizeth.

Se acercaba la hora del encuentro y el auto recogió a Ronaldo para luego seguir con el viaje en dirección hacia uno de los distritos más peligrosos de la capital.

Luego de subir empinadas colinas y atravesar estrechas calles llegaron al caótico lugar donde Lizeth vivía. La niña subió presurosa al auto por temor a que su padre la vea salir o que algún vecino la despoje de sus pertenencias.

Dentro del auto se miraron unos segundos, hasta que Ronaldo inició la conversación con un chiste estúpido que la cándida Lizeth no entendió. Durante el viaje rumbo al restaurante ambos hablaron de muchas cosas, la niña de moda y el niño de tecnología. Al final del viaje Ronaldo, como todo un falso caballero, abrió la puerta para que Lizeth pueda bajar del vehículo.

Dentro del ambigú Ronaldo siguió con el teatro y le detuvo la silla para que la niña pueda sentarse, limpió sus cubiertos y finalmente ordenaron. Él pidió una lasaña y ella espagueti a la Carbonara.

Sería descabellado pensar que no hablaron de nada durante la comida, pero por alguna razón, este artero y falso caballero permaneció en silencio y solo se dedicó a comer y observarla. La supuesta novicia permaneció callada por los nervios, ya que, debido a una antigua mala experiencia, prefirió no abrir la boca más que para engullir la pasta que había ordenado.

Al finalizar la comida, Ronaldo sugirió dar un paseo por el malecón mientras digería sus alimentos en compañía de Lizeth y un cigarro. Ella no fumaba, pero por cortesía accedió al paseo. Fue entonces cuando comenzaron la conversación. Hablaron de la vida, lo bueno, lo malo y lo feo.

Lizeth entró en confianza y decidió iniciar el contacto físico con Ronaldo. Sin embargo, a pesar de las intenciones de este personaje lascivo, no permitió que la dama se le acercara demasiado. El motivo era simple; Lizeth omitió un gran detalle: tenía pareja.

Ronaldo se mostraba reacio, a pesar de que él también tenía un compromiso vigente. Lo normal hubiera sido que se mostrara entusiasmado con la idea de que ambos caerían en la tentación y se revolcarían en el lago de la traición y la lujuria, pero no fue así.

Lizeth se mostró dispuesta a todo esa noche, el deseo se apoderaba de ella y las palpitaciones en el sur eran cada vez más recurrentes y sus cauces se tornaron caudalosos. Ronaldo intentó dar un siguiente paso, pero no pudo.

Ya había pasado una hora y la supuesta pareja aún no había iniciado el viaje a la habitación. Para mala suerte de Lizeth, le entró una llamada a Ronaldo, quien contestó apresurado. Del otro lado del teléfono hablaba Alessandra, una intrépida ciclista que lo llamaba para satisfacer sus necesidades, ya que su novio actual solo aportaba monotonía y aburrimiento a su vida, pero no lo dejaba por un problema psicológico.

Ronaldo utilizó esta llamada para inventar una excusa y salir apresurado de la situación en la que se encontraba sumergido. Fingió una emergencia y llamó a un vehículo para llevar a Lizeth a donde deseara. Él se dirigió a la habitación donde se encontraría con Alessandra para apagar el incendio que ambos tenían en la entrepierna.

El falso caballero tomó esta decisión porque, más allá del deseo, sentía aprecio por esta pequeña mujer amante del baile y las prendas cortas. Entendió que no debía interferir en su relación porque quería seguir respetándola y queriéndola. No quería ser su nuevo novio, y ya no quería ser su amante. Por las razones que ya se mencionaron, le envió un mensaje con la mentira más grande para ocultar su verdadero sentir y deseo: «Ya no quiero ser tu amigo».

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