Habían pasado meses desde mi última relación, formal y estable. Tenía todas las ganas de empezar de nuevo, pero entre mi cerebro y corazón no había buena comunicación y esto dejaba un sendero incompleto para el paso de mis sentimientos.

Anhelaba volver a sentir los efectos de aquella droga universal, la misma que para rehabilitarse, uno debía recorrer el ineludible, enrevesado y doloroso camino de la superación, quería sentir amor.

Abrumado por el involuntario deseo de satisfacer mis bajos instintos, a manera de prueba y error, me convertí en una suerte de gigoló adhonorem.

Al principio me sentía sucio pero vivo en simultaneo, sin embargo, siempre con pesar. Producto de los estúpidos y elevados estándares de belleza que tenía en ese entonces. Todo entra por los ojos, dice la mayoría, pero logré descubrir que en realidad el ser humano no es casa de una sola puerta.

Siendo consciente de lo superficial que era y del detrito que tal vez pude haber sido con mi pasado y único amor, me aventuré a continuar con mi travesía.

Luego de haber confirmado las sospechas que tenían algunos sobre mi sexualidad, la mochila de confidencias que llevaba conmigo a todas partes la sentía más ligera y eso, hasta la fecha, me hace muy feliz.

Tras 7 años de amorío, había perdido conexión con todas aquellas personas que alguna vez pudieron ser candidatas a retozar a mi siniestra. Quisiera decir que fue por mérito propio, mas el huracán que en ese entonces era mi pareja, había contribuido a tal catástrofe.

Segado por el amor me dejé llevar por el camino de los hombres sin voluntad, me convertí en una masa gris que saludaba a la rutina como si fuera un amigo de toda el alma y abrazaba el maltrato como si se tratara de un mimo de mi madre, estaba podrido y no lo sabía.

Pero siendo un ente amante de la tecnología decidí refugiarme en ella, pero caí en el hoyo de las aplicaciones de citas. Creyendo que había llegado mi momento, tratando de convencerme que era la única opción porque luego de tanto tiempo apresado, había perdido el don, «el toque» como dicen muchos.

Empecé con lo que en tiempos pasados eran mi fuerte, las mujeres. Pero una vez más mis estúpidos estándares de belleza, mi maldita superficialidad y mi egocentrismo, me hacían sentir que ni una de aquellas candidatas al azar merecían algo de mí y por si fuera poco pasaban por el penoso filtro del tarado que las comparaba con su amor pasado, tratando de convencerse él mismo que no había mujer superior a la que había tenido.

Decepcionado de las mujeres decidí aventurarme una vez más entre varones, con la premisa de que un hombre sabe lo que otro hombre quiere. Menos pleitos, mayor entendimiento, confianza y diversión, pensé. Pero con cada conversación o contacto solo me veía reflejado en ellos, recordándome lo patán que fui y lo triste que me veía buscando amor en un lugar donde solo encuentras sexo.

¿Sabes? Lamento mucho que por mí perdieras tiempo valioso esta mañana, siento mucho haberte dado alas en el momento que me dijiste que eras una chica transexual, a pesar que ya lo sabía y te dije que no me importaba y es más, al principio si tenía intenciones, el preservativo en mi cartera lo demuestra, pero aun no estoy listo.

Mi corazón no ha sanado del todo y aunque pareciera, no busco diversión, busco lo que no se debe buscar porque solo ha de llegar, amor.

Gracias por haber sido tan gentil conmigo a pesar de no cumplir con lo que habíamos quedado, te fallé. Malditos estándares de belleza que interfieren una vez más.

Hoy no se coge, Maritza. Al menos no conmigo.

Un fuerte abrazo,

Vladimir.

8 comentarios en “Hoy no se coge, Maritza

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *